Alcachofa (1-1)

Posted by Lord Eggs
May 07 2009

En el centro de la bahía hay una isla.  Es una isla en la cual hay una pequeña ciudad que en su época de esplendor antes de la guerra albergaba diez mil habitantes, y que ahora alberga a más de cien mil en sus ghettos. Frente a ella, en dirección norte, está en naufragio del más grande acorazado que haya surcado las aguas de la bahía, y por sobre ese acorazado cruza un puente colgante de apenas dos carriles que une Punta Peñasco y la Isla de Victoria. La mayor parte de sus habitantes la llamaban simplemente Alcachofa.

El puente es la única vía legal de entrar o salir de la isla. Gracias a la guerra, entrar o salir por agua es punto menos que imposible: hay muchas municiones abandonadas y listas para explotar al menor contacto. Todavía de vez en cuando un animal entra a la bahía, buscando un bocado fácil, y vuela en pedacitos al tratar de comerse una mina o una granada. La isle es, legalmente, tierra de nadie. Pero antes de la guerra era parte integrante de la provincia de Mazajijic, y luego fue capturada por la Confederación, por sorpresa. Ese fue el inicio de una conflagración que duró doce años y terminó con un armisticio donde las fronteras quedaron exactamente iguales.

Jack y Bobby caminaban por las callejuelas de la ciudad con rumbo al puente. Al acercarse, la policía militar los miraba sin decirles nada, pero se podía ver en algunos huellas de profundo odio. Jack se acercó a uno de ellos.
–Voy a pasar.
–No sin un pasaporte válido.
–Si sabes lo que te conviene, me dejarás pasar.
–No sin un pasaporte válido, brachno sarnoso –dijo el militso, desenfundando su arma.
Jack se movió tan aprisa que el militso no pudo verlo. Pronto el arma de mano estaba en su sien y el rifle en su estómago.
–Dame un motivo, un sólo motivo para reventarte, y lo haré contigo y tus compañeros. Uno solo.
El militso parecía querer escupirlo, pero no llegó a hacerlo. Bobby llamó su atención.
–VÁMONOS, Jack.
Estaba enojada de verdad. Jack tiró las armas y retiró al militso de su paso. Le dio la espalda. Cuando el militso recogió sus armas y las apuntó ellos ya habían cruzado la puerta blindada.

Del otro lado de la puerta los esperaba un hombre de traje blanco, de lino, con sombrero de paja.
–Bienvenidos. Espero que su estancia sea placentera. ¿Algo de beber?
–Si comemos algo que no podamos obtener en la isla, no nos darán ganas de regresar allá.
–De eso se trata. Ya no van a regresar allá. Bueno, hoy lo harán, pero deberá usted prepararse para su ascenso. En cuanto su esposa sea dada de alta, a usted lo cambiaremos de comisión.
–¿Ah, sí? ¿Qué le hace pensar que aceptaré continuar en el ejército?
–Que va a entrenar usted a los nuevos guardias de seguridad. Vamos a repatriar a todos los extranjeros en Alcachofa y comenzaremos por mover a los militsos a su propia staja. Más que una staja será un domo muy joroschó.
–Habla usted como los militsos.
–Es lógico. Son mis compatriotas. Yo me iré con ellos. Sus reemplazos llegarán en un par de días. Y tendrán ustedes treinta días para entrenarlos. Después, ellos se quedan, ustedes se van.
–¿Y los militsos?
–Los militsos se irán en 60 días, cuando usted haya terminado de entrenar a sus reemplazos.
–Usted está muy seguro de que los entrenaré.
–Sabemos que lo hará. Cada día le duele más a usted moverse. Hoy vimos que detuvo a un prestúpnico dejando caer una lata en lugar de lanzarla. Le podemos prometer que tras entrenar a la primer generación de nuevos militsos lo someteremos al mismo tratamiento que a su esposa. Nadie podrá decir que es usted mayor que ésta sladquino dévochka, mi starrio drugo.
–¿Y mi hija?
–Su trabajo es muy importante, pero no imprescindible. Ya tenemos un reemplazo pensado.
–¿Hay alguien que quiera trabajar en lo que yo hago?  –dijo Bobby.
–Lo que usted hace ya no será necesario, pero necesitamos una transición sin sobresaltos.  A usted la necesitaremos en el soviet de la staja. Nadie como usted para conocer lo que no debemos hacer con los militsos. Trabajo de oficina.
–¿Quién nos reemplazará?
–A Jack  lo reemplazará un tal Angus McGee. Es casi como una versión suya pero con treinta años menos. A usted la reemplazará Angelica McGee.
–Por lo menos no tendrá que soportar que le canten “Me and Bobby McGee” en sus cumpleaños.
–Hm –dijo Jack–, pero puede que esté harta de que le canten “Angie Baby”.

El hombre del traje de lino abrió la puerta y dijo algunas órdenes en el dialecto eslavo que hablaban los militsos. Ellos los dejaron pasar. Cuando Jack y Bobby se internaron en el ghetto, el hombre del traje de lino les regaló algunos cigarros a los militsos.
–No se preocupen, mis drugos –dijo–, pronto nos marcharemos de esta podrida piedra y dejaremos que esos dos se arreglen como puedan.
–¿Qué lograste?
–Nuestra propia ciudad.

Entradas más recientes » Alcachofa (1-2)

« Entradas más antiguas Ad Astra (y 9)

Powered by WP Hashcash

Trackback URL for this entry