–Oye –dijo Gabs–, ¿dónde está el baño?
–Abajo –respondió Bobby– tenemos dos baños para todo el edificio, uno para varones y uno para mujeres, cada uno con siete secciones diferentes. Usa el de en medio. Siempre. Es donde está la higiene.
»Los primeros los usan quienes tiene prisa, los últimos quienes quieren escapar de la peste o hacen cosas que no deberían hacer en los baños. La higiene está en el medio. Pero no confíes. No encontrarás un baño de primer mundo, alégrate de que funcione. Usa el menor papel posible, siempre lleva reservas, tíralo a la taza y no toques el excusado. Lo que usamos para limpiarlo es muy fuerte y no siempre lo limpiamos tan bien como quisiéramos. Una vez cada dos meses te tocará limpiar los baños, es un acuerdo tácito que tenemos.
–No puedo creerlo. Es que cuando los escucho parece que viven en una utopía anárquica.
–Vivimos en una anarquía, sí, pero no en una utopía. Nos ha costado mucho mantener un orden y la verdad, ya nos cansamos –dijo Jack. Se sirvió un vaso más de pruno y se sentó en el marco de la ventana para ver la ciudad. Con el contraluz se le veía como un hombre viejo.
–Han hecho mucho y espero que lo que hagamos ahora nosotros sea la mitad de bueno.
–¿Qué van a hacer? –preguntó Bobby.
–Pues… me gustaría decirlo, pero no tenemos ni idea.
–Genial –dijo Jack–. Pobre isla.
Era de noche. Gabs y Angus caminaban por la orilla de la playa. Era octubre, y hacía fresco ya. Recogían algunas de las cosas que la marea les llevaba. Con cuidado, porque el peligro siempre estaba presente: nunca se sabía si lo que recogían era un arma que podía explotar en cualquier momento.
Una niña estaba centada unos metros más adelante. Nadie estaba cerca. Gabs y Angus se acercaron.
–Hola –dijo Gabs. No terminaba de acostumbrarse al sonido de su voz.
–Hola –dijo la niña.
–¿Qué haces?
–Nada.
–¿Por qué no estás en tu casa?
–No me gusta estar ahí. Huele muy mal.
–Te comprendo. A mí tampoco me gusta como huele mi casa –Gabs se sentó junto a la niña–. ¿Qué miras?
–Mi mamá dice que a veces en la noche se puede ver un punto de luz, que es otra ciudad y que en esa ciudad vamos a vivir algún día. Yo quiero ver la ciudad pero no quiero irme de aquí.
–¿Por qué?
–Me gusta vivir aquí, aunque mi casa huela mal.
Angus miró algo más adelante.
–Voy a ver qué hay allá. Regreso.
–¿Es tu novio? –dijo la niña, mirando a Gabs.
–No. Es mi primo.
–Oh. No los había visto antes.
–Somos nuevos aquí.
–Oh. ¿Tienes algo de comer?
–Tengo un chocolate. Pero antes de dártelo quiero que me digas una cosa.
–Mi mamá me advirtió que no acepte cosas de extraños que quieran que me vaya con ellos.
–Y es muy cierto. Pero yo no quiero que vengas conmigo. Sölo quiero que me digas cómo te llamas.
–Gabriela.
–Quién lo diría.
–¿Cómo te llamas tú?
–Gabrielle.
–¡Gabs! –llamó Angus, a la distancia– ¡Ven a ver esto!
–Ten –dijo Gabs, y le tendió una barrita de chocolate a la niña. Salió corriendo hacia donde se encontraba su compañero, y cuando miró atrás la niña ya no estaba.
–¿Qué encontraste?
–Si esto no es una computadora, que me zurzan.
Y era una computadora pequeña, de mano. De la misma clase de la que hubieran utilizado los hombres que torpedearon el Vigilante. Allá había otra, más una agenda electrónica que una computadora, rota.
–Yo traía una de éstas cuando… –dijo Gabs, pero no pudo continuar. Las palabras se le hicieron un nudo.
–Lo recuerdo. Yo también. Creo que gracias a esa salvé la vida, ¿sabes? Vamos a llevárnoslas. Si puedo repararlas tendremos algo qué usar por las noches.
–Hay muchas cosas aquí. ¿Por qué nadie las recoge?
–Hay ácidos y explosivos en las aguas. Es peligroso.
–Explosivos sí, ácidos no lo creo. No después de tanto tiempo.
–Vamos a casa.
–Buena broma.
–De alguna manera debemos llamarle.