Es el atardecer. Gabs está en la playa, mirando al horizonte. El sol está ocultándose. El horizonte es un arco perfecto excepto en el punto exacto donde el sol se pone: hay una pequeña meseta dentada interponiéndose.
–¿Qué haces? –preguntó la chiquilla, que silenciosamente había llegado. Gabs no hizo ningún movimiento ni pareció asombrarse.
–Veo el atardecer. Siéntate conmigo.
Gabriela se sentó y se puso a mirar el sol.
–¿Ves esa manchita debajo del sol? Es Ciudad V. Ahí nací.
–Mi mamá dice que yo nací del otro lado del agua, pero no me acuerdo. Siempre había vivido aquí hasta que empezó la guerra. ¿Tú estuviste en la guerra?
–Sí.
–¿Quieres contarme? Mi mamá nunca me quiere contar nada.
–La guerra nos cambió mucho. Nosotros vivíamos en paz, cuando a nuestro enemigo se le ocurrió que podía atacarnos y convertirnos en sus esclavos. Nos defendimos como pudimos. Ganamos, pero por poco no lo hacemos.
–¿Te pasó algo?
–Sí.
–¿Qué?
Gabs tembló un poco, como si le doliera recordarlo.
–Me quemé.
»Yo entré al ejército hace cinco años. Era parte de las fuerzas especiales. El entrenamiento al que nos sometieron hizo que mi cuerpo fuera muy fuerte y resistente. Cuando comenzó la guerra, nos llamaron a todos para defender el país. Pero éramos pocos, muy pocos, y estábamos a punto de perder. Si el enemigo no hubiera cometido un error fundamental, nos hubieran ganado. Ese día nos reunieron. De cincuenta que éramos en mi unidad quedábamos sólo 10 con vida. El general Lazo nos reunió. Nos dio instrucciones y nos dijo que el enemigo había lanzado su barco insignia contra nosotros. Si lograba llegar a la costa nos bloquearía, porque nuestra isla mayor sólo tiene una playa por la cual desembarcar y el resto son acantilados. Debíamos atacar el barco en una misión casi suicida. Si lo hacíamos correctamente, descargaríamos una bomba en su puente, que se detonaría a control remoto cuando nos alejáramos. Si lográbamos colocarnos cerca y nos dañaban, debíamos estrellarnos contra el buque y escapar antes de que explotara. No podían garantizar que sobreviviéramos. Si perdíamos la bomba todo estaba perdido.
»Yo siempre pilotée helicópteros. Me destaqué en eso en la escuela. Y sólo un helicóptero podía llevar la bomba y colocarla en el puente. Practicamos toda la noche en el simulador, tanto, que no notamos diferencia cuando subimos a las vanes verdaderas. Mis compañeros nos escoltarían a mí y a mi artillero hasta el buque. Salimos justo al amanecer.
»En todas nuestras misiones del simulador habíamos logrado ganar, pero no todos regresaron vivos. En algunas incluso yo morí. Pensábamos que teníamos dominada cualquier contingencia, nada nos iba a impedir ganar.
»Fue una masacre.
» Sus pilotos eran muy buenos, tal vez mejores que nosotros. Y eran más de los que simulamos: con el buque insignia venían otros barcos que no se desviaron para atacar cuando lo planeamos. Pasar fue casi imposible, y de mis ocho escoltas sólo uno regresó a tierra. Se llevaron con ellos a quince aviones enemigos cada uno. Triples ases, todos ellos. Mi artillero y yo logramos simular que nos íbamos a escapar y pasamos por sobre el puente de mando, con la idea de soltar la bomba, pero una ráfaga de metralla nos golpeó y bomba no se soltó. No nos quedó más remedio que estrellar el helicóptero en el puente de mando.
»Lo último que recuerdo fue que vi a los ojos a mi artillero, que estaba gravemente herido, y creo que logré ver a los ojos al capitán del buque insignia. Después, nada.
»Nunca encontraron a mi artillero. A mí me encontraron en la arena de la playa. No tenía brazos, ni piernas, y tenía quemado todo el cuerpo, tanto que no me hubieran podido reconocer de no ser porque mi identificación se quedó pegada a mi cuerpo. Aún me movía. Dicen que trataba de ponerme en pie. Me llevaron a un hospital militar, pero no se decidieron a ponerle fin a mi sufrimiento.
En su lugar, me metieron en una máquina experimental, llena de un líquido lleno de nutrientes y oxígeno. Primero una especie de gusanitos se comería todas mis partes muertas, después, pequeños robots se encargarían de construirme un nuevo cuerpo, y al final, una clase de bacterias reemplazarían el cuerpo construido por carne y sangre de verdad.
»Me hicieron de nuevo.
»Cuando desperté, fue un choque. No era yo, pero sí era yo. Mis manos no eran mis manos. Mis piernas no eran mis piernas. Mi cara no se sentía igual. Me llevaron ante un espejo y no pude reconocer a la mujer que estaba frente a mí. Esa mujer no era yo. Aún hoy no entiendo por qué cuando me veo en el espejo hay una chica que me devuelve la mirada.
»No me malentiendas: les agradezco mucho lo que hicieron por mí: sigo con vida después de todo y puedo pelear un día más. Sólo que no soy yo completamente.
–¿Por qué hablas así? –dijo la niña.
–¿Así, cómo?
–Hablas muy raro. Nunca dices cosas que yo siempre digo.
–Tal vez el accidente me afectó la cabeza.
–Me tengo que ir a casa. Mamá no quiere que esté fuera mucho rato después de que el sol se meta.
–No creo que debas preocuparte. Las mamás son así.
–Bueno, ya me voy –dijo la niña, que se alejó corriendo por la arena. Gabs no miró atrás. El Sol lanzó un último rayo y desapareció tras el horizonte. –Mañana quiero que me cuentes de la guerra.
De regreso en su barraca, bebiendo un trago de pruno, Gabs preguntó:
–¿Crees que hablo raro?
–No utilizas pronombres al hablar de tí. Claro que hablas raro.
Gabs se quedó en silencio largo rato. Bebió un trago de pruno y habló:
–Creo que es tiempo de aceptar finalmente que he cambiado.