Era de noche. Gabs estaba en el techo del edificio más alto, mirando al puente, cuando escuchó un paso detrás suyo.
Inmediatamente se lanzó al vacío.
No era un vacío, en realidad, sino una pequeña cornisa. Sacó su arma reglamentaria y revisó quién había hecho ese ruido. Era Gabriela, que estaba pálida. Gabs se relajó y guardó su arma antes de emerger de la cornisa.
–Me asustaste, tonta –dijo la niña.
–No era mi intención. Tú me asustaste más. ¿Qué haces aquí?
–Tu novio me dijo dónde estabas.
–No es mi novio. Es mi amigo.
–Sí, como sea.
–¿Qué haces aquí?
–Quería hablar contigo. Hace dos días que no vas a la playa.
–Pues aquí me tienes. Siéntate cerca mío, y no te vayas a caer.
El puente era estrecho y delgado, pero muy largo. Desde el techo del edificio apenas podías ver la otra costa, justo en el horizonte. La niebla no permitía ver más que la pequeña joroba del puente, por donde pasaban los barcos más grandes sin carga, rumbo al astillero. Aún estaban ahí los grandes restos de los barcos de guerra que habían sido destruidos por ambos bandos.
Todo parecía conspirar para que la guerra se perdiera. El último escuadrón de élite fue despachado para ejercer una ofensiva desesperaba, que no se esperaba pudiera cambiar el curso de la guerra, sin meramente retrasar la caída del gobierno y evacuar a la población civil. Los hombres y mujeres del escuadrón de élite sabían bien que morirían, que eran carne de cañón, pero cumplirían su misión si eso implicaba salvar a su familia. Cuando Gabs, Thomson y Streaker subieron al helicóptero y cargaron la mina N2, lo único que esperaban era poder retrasar la llegada de los barcos militares a tierra firme. Los jets normalmente requerían a dos pilotos a bordo; las desesperadas circunstancias ubicaron a uno solo.
El helicóptero iba armado hasta los dientes. Artillero, navegante y piloto se encargarían de disparar para proteger su preciada carga hasta no hacerla explotar sobre uno de los barcos enemigos. Gabs pilotaba la nave como nunca antes; sus seis años de experiencia en ese preciso modelo hacían que fuese ya una extensión más de su cuerpo. Los jets de guerra le abrían paso, negándose a caer. De 14 naves, sólo dos continuaban volando cuando vieron que el mayor buque de guerra era el Aconcahuanac, la joya de la naval enemiga. Cuando se quedaron sin municiones, los dos jets se retiraron de la batalla. No había más por hacer. El helicóptero se enfrentó solo a las naves enemigas. Una certera bala golpeó al navegante, que nunca se enteró qué lo mató. El artillero recibió una ráfaga que lo dejó muy mal herido. Una esquirla lastimó a Gabs en un brazo. El helicóptero no soportaría otra ráfaga. Thompson y Gabs se miraron; Thompson activó la mina N2, mientras Gabs se dirigía al puente de mando. Por un segundo Gabs creyó trabar su mirada con el capitán del buque. Entonces, con sus últimas fuerzas, Thompson lanzó fuera del helicóptero en llamas a su superior. Cuando la mina explotó, vaporizando el helicóptero, Gabs ya caía rumbo a las aguas heladas. No recordaría que, justo cuando Thompson le lanzara, una ráfaga destruyó el rotor, ni que los restos del rotor le hicieron profundos cortes en brazos, piernas y cuerpo, y mucho menos que la mina le quemó más allá del reconocimiento.
Pero no murió. Lo que quedaba del cuerpo de Gabs llegó a la playa, y se movía, tratando de ponerse de pie y regresar a la pelea. Rápidamente transladaron lo que quedaba de su cuerpo al hospital militar de campaña más cercano, donde un oficial médico decidió terminar su sufrimiento con una enorme dosis de morfina. Pero no murió. Nadie se atrebía a darle el tiro de gracia: su placa era la de un oficial de élite, aunque estuviera fundida en su piel, y probablemente acababa de ganar la guerra: más allá, el buque insignia enemigo era una masa de llamas, y su explosión había ocasionado una reacción en cadena con los buques que lo seguían. El precio que se acababa de pagar era mucho menor que el que había pagado el enemigo.
Una llamada de la escuela de medicina militar decidió el destino del cuerpo que se negaba a morir. Colocaron lo que quedaba de Gabs en un tanque lleno de perfluorohexano con nutrientes y oxígeno disueltos, y se introdujeron larvas que se alimentarían exclusivamente del tejido muerto. Al finalizar, se introdujeron bacterias genéticamente diseñadas, que tomarían el código genético de Gabs, lo duplicarían, y producirían una célula que reemplazaría la que había perdido. Fue un proceso largo y penoso, pero dos meses después el cuerpo de Gabs ya era el de una mujer.
Entonces llegó el desastre. Cuando revisaron los datos de la placa de identificación con la de los soldados de élite que participaron en la Gran Batalla, notaron con horror que la mujer que se recuperaba en el tanque era el capitán Gabriel O’Brien, el mejor piloto de helicópteros Gammater de la Armada.
–Cuando desperté, fue ya así como me ves. Pero ésta mujer no soy yo.
Los restos del Aconcahuanac aún estaban ahí.