–No te entiendo…
–Sí. Me ves como una mujer, pero no lo soy. Soy un hombre.
La niña se limitó a ver a Gabs a los ojos y a inclinar la cabeza inquisitivamente. Luego dijo, con la voz cargada de ironía:
–Sí, claro…
Diez años antes de la Guerra, el doctor Thomas O’Malley trabajaba en el centro de investigaciones militares, Estaba en su casa, tomándose unos días de merecidas vacaciones, mientras terminaba de correr unos experimentos. Su plan era crear pequeños robots, del tamaño de bacterias, que sirvieran para reconstruir las heridas más profundas en los soldados de una manera menos invasiva que la cirugía. Lo que esperaba era que los picobots reconstruyeran los tejidos afectados, al menos lo suficiente como para proporcionarle al cuerpo una base en la cual poder reparar sus heridas.
Era un día frío. O’Malley trataba de reparar su calentador, antes de que el invierno lo sorprendiera. Dejó el trabajo un momento para descansar, cuando escuchó un ruido. Un terremoto. Los terremotos no eran raros en la isla, y mucho menos teniendo un origen volcánico, pero la intensidad de ése evento en particular lo tomó por sorpresa. Siete y medio, alcanzó a pensar. Aunque su casa estaba preparada para resistir un terremoto de 8 grados, la tubería de gas estaba más oxidada de lo que se veía por fuera, y el esfuerzo la rompió. Una caja de herramientas metálica que cayó de una estantería ocasionó una chispa que encendió el gas. El infierno se desató justo cuando O’Malley perdía el equilibrio. La explosión del tanque de gas lo impactó de lleno.
O’Malley despertó, pero no podía ver nada. Ni oir nada. Ni hablar. Ni sentir. Ni oler. Había perdido todos sus sentidos, y sin embargo estaba vivo. Trató de moverse. No pudo sentir sus piernas. Ni sus brazos. Ni su espalda, o su vientre. No podía sentir nada. Tampoco es que hubiera nada que sentir. Sólo podía, muy dolorosamente, mover la boca, pero no podía sentir su lengua. Sintió que algo le tocaba la frente. Era morse. Podía sentirlo. Trató de mover la boca, trataba desesperadamente de comunicarse. De forma lenta y dolorosa logró que le dijeran lo que había pasado. De la misma forma autorizó a que llevaran a cabo con él un procedimiento experimental para convertirlo en un organismo cibernético. Primero recuperó el oído, con un implante coclear. A continuación, la voz, con un resonador faríngeo: una voz electrónica. Implantes conectados a cámaras de baja resolución le permitieron leer y ver su entorno. Los restos de su destrozado cuerpo fueron colocados en un exoesqueleto. Recuperó la mobilidad. Al cabo de un año regresó a su trabajo, sólo como asesor, pero lo bastante como para evitar que se volviera loco.
Era lento su trabajo. Se sentía un inútil, pero no desistió. Cuando terminó de programar a sus picobots, sólo había una manera de probarlas en un sujeto de pruebas sin arriesgar a nadie más.
–Yo seré el primero –dijo con su voz metálica.
Retiraron todos los implantes y dejaron que los picobots hicierna el trabajo para el cual fueron diseñados. Poco a poco O’Malley volvió a ser un hombre completo. Estaba, sin embargo, lleno de cicatrices: los picobots no podían remover lo que ya estaba ahí, por seguridad. O’Malley emergió del tanque de pruebas como un hombre, sin dolor, rejuvenecido.
–Es una lástima estar tan feo. Pero ya me las arreglaré.
Cuando la guerra comenzó, O’Malley aún estaba en el tanque. Cuando la guerra terminó, O’Malley acababa de salir del tanque. Sin detenerse a pensar en las consecuencias ni a verificar si su técnica había sido un éxito, O’Malley obligó a que se autorizara el uso de la terapia en Gabriel. ¿Cómo podía fallar si a él le había ido tan bien? Es cierto que sus cicatrices seguían ahí, pero también es cierto que era ya un hombre viejo. En alguien joven los resultados forzosamente debian ser mejores. Mientras Gabriel era introducido al tanque y las larvas se comían los tejidos muertos, O’Malley programaba los picobots. Una muestra de ADN, un secuenciador, un replicador, introducción a los picobots del tejido que debían reconstruir. Pronto todo estaba en marcha.
Un nuevo cuerpo comenzó pronto a crecer alrededor de Gabriel. Paralelamente O’Malley documentaba el proceso. Entonces notó que los cromosomas del cuerpo eran un tanto diferentes a lo esperado. Un nuevo análisis, mucho más detallado, demostró que el tejido de Gabriel era un mosaico de células XY y XXY. Gabriel era un hombre con una versión muy ligera del síndrome de Klinefelter. Pero además, los picobots habían fallado: su programación los obligaba a destruir el cromosoma Y. Las sondas que no contaban con dos cromosomas eran destruidas, pero las que sí los tenían lo hacían con información genética equivocada. Erademasiado tarde para parar el proceso cuando se dieron cuenta del error. Habría que continuar hasta el final y ver si Gabriel sobreviviría a ser un triple mosaico.
Gabriel sobrevivió, contra todo pronóstico. Su cuerpo era ahora, en su mayor parte, el de una mujer. Aunque los picobots no habían formado óvulos, sí habían formado ovarios. Su feminización fue traumática; el flujo de hormonas al que no estaba acostumbrado su cerebro le provocaba fuertes problemas de identidad, y lo llevó al borde del suicidio. O’Malley, ansioso por resarcir su error, le ofreció un trato. Si lograba sobrevivir un año con ese cuerpo, él podría encontrar la manera de remover las células que no fueran parte de su cuerpo originario. Un año era el tiempo que le pedía, un año y nada más. Era necesario hacerlo así, porque antes tenían que probar las técnicas con una paciente más, que tenía una enfermedad autodegenerativa que estaba poco a poco destruyendo sus células. Si no lograban detener el avance de la enfermedad antes de que atacara el cerebro, no habría nada que hacer. Si, en cambio, lograban detenerlo, hacer un transplante de cerebro sería la mejor opción, puesto que crecer un cuerpo nuevo con las células defectuosas daría el mismo resultado. Gabriel vio a la chica, en una silla de ruedas, con mirada triste y la piel llena de llagas.Gabriel la conocía.
Aceptó.
–Estoy haciendo esto por ella. Cuando regrese a casa este cuerpo será el de ella. Entonces yo volveré a tener mi cuerpo normal y los dos seremos felices.
–No te creo.
–¿Por qué?
–Es un cuento. No creo que eso sea posible.
–Bueno, hagamos algo. Tú no me creas, pero cuando regrese a casa, te llevaré conmigo y lo verás tú misma.
–¿Lo prometes? –dijo la niña.
–Palabra de honor –d¡jo Gabs poniendo la mano derecha a la altura de su corazón.