Una bola de fuego barrió el Puente. Las sirenas antiaéreas sonaron por primera vez en lo que parecían ser miles de años. Alcachofa era un enorme caos
Los temores de la población parecieron volver a reactivarse, y las fuerzas policiales se veían sobrepasadas por la magnitud de la movilización. Nadie entendía lo que pasaba.
–¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego, carajo! –gritó el capitán, haciéndose escuchar por sobre la multitud– ¡Si alguien vuelve a disparar me lo trueno!
Su tono no dejó lugara a dudas de que hablaba en serio, y ambos bandos parecieron calmarse, pero la tensión aún se sentía en el aire.
–Un avión de carga chocó contra el puente… –alcanzó a decir el capitán– …y nadie pudo sobrevivir a eso.
Civiles y policías se dieron súbita cuenta de lo que había pasado. Una vez más estaban aislados. Y esta vez no había forma de que llegara ayuda, no mientras no hubiera un puente. Como un gigante herido, el puente lanzó un gran bramido y los dos extremos cedieron. Al caer los escombros lo hicieron sobre las áreas minadas que no habían podido ser limpiadas aún. La magnitud de la explosión lanzó a Gabs por el aire. Se acurrucó de miedo.
–No otra vez, no otra vez… –murmuraba Gabs. Angus trató de acercarse, sin atreverse. Temblaba y no podía apartar la vista de las llamas sobre el agua. Los días de la guerra aún estaban frescos.
–Tenemos que lograrlo –murmuraba Angus para sí mismo, mientras disparaba contra todo lo que se moviera tratando de abrirle paso al helicóptero.
El avión había sufrido ya varios disparos y una columna de humo salía del motor derecho, pero Angus se negaba a rendirse. Gabriel, Thompson y Streaker seguían la ruta planeada. Un caza enemigo se avalanzaba, la luz de las balas trazadoras peligrosamente cerca del helicóptero. Angus disparó su último misil: un tiro perfecto.
–Reporten posiciones –dijo el capitán. Angus no alcanzó a abrir su micrófono cuando el enemigo abatió al capitán. Sus balas abatieron al piloto enemigo en su cabina: el caza se estrelló en el mar y se transformó en una bola de fuego. Rápidamente observó que sus números disminuían. El gran acorazado se alzaba delante de ellos y sólo el helicóptero y él estaban aún en posibilidad de alcanzarlo. Terminaría con la amenaza de ese acorazado por cualquier medio necesario. Una ráfaga destruyó su segundo motor.
–Este es un buen día para morir –dijo.
Miró a su izquierda. El helicóptero había sido alcanzado por la misma ráfaga de balas: Thompson había sido abatido, Streaker habían sido alcanzado, probablemente Gabriel también. Apuntó proa hacia el puente de mando del acorazado y se dejó caer.
–Éste es un buen día para morir –repitió.
Si Angus hubiera mirado al helicóptero se habría dado cuenta de que aún volaba. Streaker, bañado en sangre. activaba la mina N2. Gabriel se dirigía a toda marcha. Si Angus hubiera mirado se hubiera dado cuenta que su aeronave se interpuso contra la mayor parte de la ráfaga, y le dio el tiempo justo para ponerse en posición. Pero no lo hizo. Se relajó. Un sólo pensamiento ocupaba su mente:
–Éste es un buen día para morir.
La aeronave lo expulsó automáticamente a treinta metros del puente de mando. El paracaídas se abrió y la corriente de aire caliente lo elevó lo suficiente como para evitar caer sobre la nave. La bola de fuego y el humo ocultó su presencia de los francotiradores. El cuerpo le dolía y ya estaba a punto de caer sobre las frías aguas cuando la mina N2 explotó. Su última mirada fue ver los cuerpos quemándose en el acorazado, y entonces, la bola de fuego lo alcanzó.
Su siguiente recuerdo fue en el hospital de campaña.
No sentía nada. Tampoco podía ver nada. Ni escuchar nada. Ni moverse. Pero sabía que no estaba muerto. Se dejó envolver por la satisfactoria frescura que le ofrecía la oscuridad y se durmió. Cuando despertó de nueva cuenta, un grupo de médicos lo observaba. Estaban silenciosos y se veían raros. Era como pbservarlos a través de una pantalla. Se dio cuenta de que no podía mover los ojos. Trató de moverse. No pudo. Trató de hablar. Los médicos lo observaron, trataron de hablar con él, comenzaron a auscultarlo. Finalmente, uno de ellos le inyectó algo, y volvió a dormirse. Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba ahí. Era un raptor, o eso creía, pero no recordaba que los raptores fueran de peluche y tuvieran alas tan grandes. Se dio cuenta de que no podía mover los ojos. Trató de mover su cabeza y lo logró: sí, era un velociraptor, según la teoría más reciente que lo equiparaba a los colores de un águila. Un cuadro se enfocó sobre el raptor, lo amplificó y mejoró, y un texto apareció sobrepuesto.
«Perdí los ojos», se dijo, «y me han colcoado los prototipos de visión que me mostró O’Malley». Trató de hablar. el sonido llegó muy amplificado. «Perdí los oídos. Implantes cocleares. Todavía no los ajustan. De seguro perdí la piel. Por eso no siento nada. Anestesia. Tal vez me paralizaron, tal vez fue la guerra.» Intentó cerrar el puño. Una alarma sonó. El nivel del sonido bajó automáticamente. Un médico llegó.
–Vaya, ésto es una sorpresa. ¿Puede verme, señor McGee?
Angus trató de enfocar al médico. El cuadro se movió del raptor al rostro del médico, lo amplificó, y pudo leer el nombre.
–Robert McFerrin.
–¡Y puede hablar! Perfecto. Espero que el sonido no sea muy duro.
–Tiene sus momentos…
–Trabajaremos con él después.
–Baje el volumen.
–Trabajaremos en él ahora, entonces. ¿Qué tal ahora?
–Mucho mejor.
–Perfecto. En ese caso, permítame felicitarle, coronel McGee. Ganó usted la guerra.
Angus miraba la bola de fuego que se extendía. Temblaba incontrolablemente. Estaba muy lejos para alcanzarlo, y no tenía la misma fuerza, de hace diez años, pero esas cicatrices nunca terminarían por cerrar plenamente. Ni siquiera le pasó por la mente lo que estaría pensando Gabs.