–¿Tienen hambre? –preguntó Jack, mientras acomodaba el tablón que hacía las veces de mesa, escritorio y burro de planchar sobre los soportes en la pared.
Bobby llegó con cuatro paquetes de raciones clase B. No eran tan sabrosas como las raciones de la clase A. Parecían más bien comida de avión. Pero era mejor que nada. Jack sacó una botella con un líquido anaranjado y sirvió cuatro raciones. Gabs y Angus se limitaban a mirar. Jack reventó la cápsula de cal viva dentro del envase de las raciones y, al contacto con el agua, éstas comenzaron a calentarse. Era la misma comida de campaña a la que estaban acostumbrados todos, pero por su permanencia en el hospital Gabs frunció ligeramente el seño.
–Había olvidado el sabor de estas crudezas.
–Al menos no son raciones clase C –dijo Angus, bebiendo un trago a la bebida anaranjada–. Ésto es interesante. ¿Qué es?
– Pruno.
–No me jodas.
–Es pruno –insistió Jack–. Yo mismo lo preparo. Es lo más fuerte que puedo preparar sin destilar, y a veces el cuerpo necesita un trago. No tiene alto contenido de alcohol, y soy lo suficientemente bueno preparándolo como para que no te mate, pero es pruno. Aprendí a hacerlo en la prisión con salsa de tomate, pan, jugo de naranja y cáscaras de frutas. Aquí tengo acceso a azúcar, lo que facilita las cosas.
–¿Saben? –dijo Gabs– En la escuela yo hubiera bebido ésto. Le falta ese delicado sabor a ácido de batería que sólo los paladares más finos y educados exigimos, pero yo hubiera bebido ésto.
–Gracias, supongo –dijo Jack–. ¿Listos para la tarea?
–No. Ni siquiera sabemos por dónde empezar. Tardaremos al menos una semana en averiguar todo lo que necesitamos.
–Tómense su tiempo. Somos muchos aquí y hay muy poco espacio. Nadie se fijará en ustedes si no intentan establecer conversación. Mientras no hagan ruido la gente los respetará. Es una norma no escrita. Si no te metes con nadie, nadie se meterá contigo. Como somos tantos en tan poco espacio, aprendimos a callarnos. Ésta es la razón por la que hablamos en voz baja, y por la cual en las noches podemos escuchar lo que pasa en ghettos vecinos.
–Explícame algo: ¿hay comercio o racionamiento aquí? ¿de dónde obtienes la comida?
–Cada mes en el puente tienes que presentarte. Te darán 90 raciones variadas y algunas otras cosas como salsa tabasco o café. Te tocan 90 y punto. Luego la gente intercambia las cosas. Alguien que recibió 90 raciones de espagueti querrá cambiar algunas por arroz, frijoles o hamburguesas. Nos procuran agua, más de dos litros diarios, pero tenemos que llevar nuestra cantimplora. La ropa llega raramente. Para bañarnos hemos terminado limpiando una sección de la playa lenta y penosamente, con ayuda de las mareas. Aunque no podemos alejarnos más de 10 metros de la orilla y sólo por 100 metros de playa, pero eso, al menos, nos permite reducir un poco el hedor. De ahí mismo hemos logrado destilar un poco de agua extra, que usamos para lavarnos. Pero no es mucho.
–Cualquiera pensaría que están al borde de una revolución.
–Varias veces lo estuvimos. En una perdimos a más de diez mil personas antes de que se pudiera contener la violencia. Irónicamente, su muerte le dió más espacio a los refugiados. Fue cuando llegamos nosotros, a un par de meses del fin de la guerra. Fue entonces cuando derrocamos al gobierno provisional y convertimos la isla del último bastión enemigo en tierra de nadie.
–Entiendo –dijo Angus.
–Yo no. No sé nada del último año.
–Será necesario explicar todo desde el principio.
–Será mejor comer. Iremos a la playa después. Ahí podré explicar todo sin molestar a nadie.
Comieron en silencio, bebieron en silencio, y los cuatro salieron de la vivienda. No se molestaron en cerrar la puerta. No había nada valioso para robar, de cualquier manera.